viernes, 27 de marzo de 2015

¿Hambre de pan? Viajamos a la provenza con estas "mini fougasse"


Bueno, hoy vengo con una entrada un poco exprés, ya que en exactamente dos minutos tengo que salir a trabajar y necesito como sea llegar a tiempo a este nuevo reto de Bake the World. Estaba bastante impaciente porque, como sabéis, el mes pasado no hubo ninguna entrada dedicada al pan, como suele ser habitual, pero esta vez Clara y Virginia de nuevo se han puesto manos a la obra para proponernos un nuevo reto este mes de marzo, en el que por supuesto tenía que participar.


Así que aquí estoy un mes más con la propuesta de turno, que en este caso me ha hecho viajar en dos direcciones distintas.


Me refiero a Francia, por un lado, de donde proviene esta maravillosa Fougasse, un pan cuyo origen se encuentra en la región de la Provenza y que podemos encontrar igualmente en el resto del país galo, con múltiples variaciones.


Y por otro lado, a Italia y en general todo el mediterráneo, de dónde he decidido coger la inspiración para combinar los sabores que he integrado en esta nueva receta. En este caso, el orégano, el parmesano, la albahaca y un toque de ajo han conseguido un pan muy pero que muy sabroso y que puede tomarse tanto sólo como acompañado de aceite, paté o un buen queso.


La fougasse, además, entronca con la tradición panadera tanto de Italia como de España, pues es una pieza muy similar a la focaccia y a nuestra hogaza tradicional. Como dato curioso, decir que este pan se solía preparar como una prueba para controlar la temperatura del horno, que se medía en función del tiempo que tardaba en cocerse la masa, y así después hacer otro tipo de panes. 


El caso es que en algún momento a alguien se le debió de ocurrir probarlo (es lo que tiene el pan, que a no ser que lo hayamos calcinado o estropeado por error -pecado mortal- siempre apetece tomar un trozo), y quedaría encantado con el resultado, si no no se seguiría haciendo, digo yo. 


A mí siempre me había llamado la atención por su característica forma, pero nunca me había atrevido a hacerlo en casa, porque tenía la idea en mi cabeza (no sé por qué), de que sería un pan muy duro, tipo crostini. Pero en absoluto, no tiene nada que ver. Aunque tenga una apariencia de pan plano, la corteza es de una dureza media y la miga es muy esponjosa, así que nos puede valer tanto para acompañar una comida como para tomarla como base de una buena tosta de jamón, aceite, o lo que se nos ocurra. O, por supuesto, para tomarla sola, porque de verdad que está muy rica.


En este último caso, yo recomiendo jugar con los sabores y probar a añadirle diferentes ingredientes o especias. Tenéis multitud de recetas en la web para inspiraros, desde algunas más sencillas con romero y aceite de oliva, u orégano como hice yo, hasta otras más complicadas (aunque con una pinta estupendísima) con salmón, anchoas, tomate, e incluso rellenas de verduras (esta la tengo que probar en un futuro próximo...). 


Ya veis que no es muy complicado variar los sabores. Yo he decidido traeros tanto la propuesta original como una más personal que he llamado fougasse mediterránea, por los sabores que os comenté al principio de la entrada, y que a mí me transportan automáticamente a la toscana italiana. 

Decir también que la receta básica la he sacado del libro Pan con webos fritos, de Susana Pérez y Jesús Cerezo (página 44, sección "Masa básica"), y no tengo queja alguna. Me encanta este libro, que me dejaron los Reyes Magos este año en mi casa, y ha sido una grata sorpresa en cuanto a las ideas que trae, sus recetas, explicaciones (clarísimas y sencillas), y fotografías (te entra hambre sólo de mirarlas). Yo os lo recomiendo al 100%, sobre todo si estáis empezando en esto del mundillo panarra y queréis aprender de cero. Su os ayudará con todo, como siempre hace en sus recetas que podéis consultar en la web Webos Fritos, que seguramente todos conoceréis ya. Si no, ¡¿a qué estáis esperando para visitarla?! Para mí, es una referencia obligada en la blogosfera culinaria. Sus recetas, os lo aseguro, nunca fallan. Y en este caso no ha sido menos. Gracias Su!


Sin más, os dejo con la receta. Veréis que es muy pero que muy sencilla y que requiere poco tiempo para prepararla. ¿Qué más se puede pedir?

Fougasse
Ingredientes para 4 mini fougasse
- 300 gr de harina
- 185 gr de agua a temperatura ambiente
- 6 gr de levadura fresca
- 6 gr de sal

Para las fougasse mediterráneas:
- 2 cucharaditas de orégano
- 1 cucharadita de albahaca
- 1/2 cucharadita de ajo en polvo
- 1 cucharadita de queso parmesano en polvo
- Unas gotas de aceite de oliva virgen extra

En un cuenco, echamos la harina y desmenuzamos encima la levadura fresca. Añadimos la sal y el agua, y mezclamos bien con ayuda de una rasqueta o bien con las manos. Yo recomiendo usar una rasqueta porque es una masa muy húmeda. Una vez se integren bien los ingredientes, volcamos la masa sobre una encimera enharinada y seguimos amasando hasta formar una bola. Podemos añadir algo de harina pero no más de una cucharada, si no después os quedará un pan demasiado duro. 

Si queremos hacer la masa de varios sabores, como yo he hecho, en este momento la dividiremos en las porciones que queramos. Yo dividí la masa a la mitad, y en uno de los pedazos añadí el orégano, la albahaca, el ajo, el parmesano y el aceite. Volvemos a amasar todo muy bien para que se integren bien todos los ingredientes de forma homogénea.

Estiramos la masa con ayuda de un rodillo formando un rectángulo con cada porción (no tiene por qué ser un rectángulo exacto, más o menos), y dejamos que repose durante una hora aproximadamente.

Pasado ese tiempo, precalentamos nuestro horno a 250º con calor arriba y abajo. Cogemos cada lámina de masa, y las dividimos en dos rectángulos, cortándolas en sentido transversal. Pasamos cada porción de masa a una bandeja con papel de hornear, dejando un espacio entre cada pieza, y realizamos en el interior un corte a lo largo, y varios cortes laterales tal y como veis en las imágenes. Los abrimos bien con los dedos ya que durante el horneado crecerán un poco y tenderán a cerrarse. Podemos añadir algún ingrediente más sobre los panes, como hice yo con una de las piezas a la que le añadí tomate cherry en tiras.

Metemos la bandeja en el horno, a media altura, y echamos un vaso con agua en la parte inferior del horno para que se cree vapor y así conseguir una corteza más crujiente. Bajamos la temperatura a 230º y horneamos de 12 a 15 minutos, hasta que las piezas se doren. Cuando estén listas, apagamos el horno y las dejamos enfriar sobre una rejilla.



Como podéis comprobar, es un pan muy sencillo, perfecto para los que os estéis iniciando en esto de las masas y encima no requiere demasiado tiempo de espera. Al fin y al cabo, sólo tiene un tiempo de leudado y un horneado corto. Así que si empezáis por la mañana, podréis tener a la hora de comer una buena pieza de pan recién hecho para degustar. ¿Puede haber algo mejor? Yo no lo creo :)

Además permite muchísimas variaciones. Yo he tirado por sabores mediterráneos porque me gustan mucho pero podríamos rellenarlo con ingredientes mucho más potentes: desde bacon, hasta atún, aceitunas, jamón, queso curado, etc. Os animo a que saquéis partido a vuestra imaginación y probéis distintas variedades. ¡Incluso he visto varias recetas en la que se puede hacer dulce! En este caso, no está de más añadir algo de mantequilla a la masa y un huevo, pero eso ya depende mucho de la receta que sigáis. 

Vamos, que lo disfrutéis porque realmente es un pan que merece la pena probar (a hacerlo y a comerlo, por supuesto, jeje).

Os dejo, ahora sí, que tengo mucho mucho trabajo y muy poco tiempo para hacerlo. Espero que paséis un fin de semana genial y por mi parte volveré muy pronto con una nueva receta y muchas, muchas cosas que contaros (os dejo con la intriga...). 

Un besiño enorme!

Información nutricional de la Fougasse
Calorías totales: 1100 kcal
Calorías por ración (4 raciones/mini fougasse): 275 kcal/fougasse


martes, 10 de marzo de 2015

Caldeirada de Bacalao (#teconozcobacalaoTS)


Aquí estamos, un mes más publicando para el Reto La Cocina Typical Spanish, al que le tenía muchas, pero que muchas ganas después de haberme sido imposible participar en el de febrero, cuyo elemento clave fue nada más y nada menos que la patata (podéis ver las recetas de mis compañeros en este enlace).


Esta vez, el ingrediente secreto me pareció maravilloso, por cercano, por rico y sobre todo porque es muy común en la tradición culinaria familiar. Se trata del bacalao, un pescado, para mi gusto, riquísimo, sano y encima muy de mi tierra, Galicia. Por eso no podía dejar escapar la ocasión para rendir tributo a la cocina gallega y traeros un plato típico de mi zona, con mucha pero que mucha tradición, que lleva presente en mi familia desde hace generaciones.


En los pueblos marineros de Galicia, hace décadas, además de la pesca de bajura, iban a Terranova y al Gran Sol a la captura del bacalao. Muchos pescadores marchaban durante meses a hacer la campaña (entre ellos mi abuelo), y al volver traían bacalao en salazón y maruca. Podréis deducir, por tanto, que se trataba de un elemento muy presente en la vida cotidiana de las familias de estos lugares, en cuyas casas se podía llegar a cocinar más de una vez por semana. Además, al traerlos en salazón, se conservaban durante todo el año.


La caldeirada es un tipo de cocido muy tradicional en la Galicia costera, así como en Portugal, que básicamente consiste en cocinar el pescado (ya sea bacalao, como en este caso, o bien merluza, verdel, o raya, entre otros) en una olla con abundante agua y una guarnición a base de patata, fundamentalmente. Recibe ese nombre porque antiguamente se cocía en un caldeiro (caldero), que solían ser de un tamaño considerable para abastecer a toda la familia.

Aunque se trata de un plato en esencia bastante humilde, también está presente en las mesas gallegas en fechas tan importantes como la Navidad, donde no suele faltar en las cenas como plato principal. 


Esta receta que os traigo es la que suele hacer mi abuela, que a su vez lo aprendió de su madre, y que por lo tanto lleva presente en mi familia varias generaciones. A nosotros nos encanta, y he preferido no variarla en absoluto para que podáis disfrutar de su sabor original. Aunque he de decir que admite modificaciones, como añadirle guisantes, por ejemplo, algo que ya hemos hecho más de una vez; y he de decir también que el hecho de que lleve batata o boniato es un “añadido” que hizo mi abuela hace no muchos años, cuando se empezó a introducir este tubérculo en nuestra zona (antiguamente, no lo había, así que simplemente se le echaba la patata, la coliflor y la cebolla).

Es muy típico también acompañar la caldeirada de bacalao con allada, una especie de salsa hecha a base de aceite de oliva, ajo y pimentón dulce. Está muy buena, pero como nosotros no la hacemos siempre, preferí quedarme con lo básico, y prescindir de ella. Aun así, si os apetece atreveros, su elaboración es bien sencilla, basta con freír el ajo en abundante aceite, y cuando se haya dorado bien, apagamos el fuego y añadimos el pimentón, que con el calor se irá tostando y desprenderá todo su aroma. 


Sin más, os dejo con la receta. Probadla y luego me contáis.

Caldeirada de bacalao
Ingredientes para 4 personas:
- 6 trozos de bacalao fresco limpio (opcionalmente se puede utilizar bacalao desalado)
- 4 patatas medianas
- 2 batatas medianas
- 1 coliflor grande
- 1 cebolla mediana
- 4 huevos
- Aceite de oliva virgen extra
- Sal

En primer lugar, pelamos las patatas y las batatas, y las cortamos en rodajas gruesas. Echamos la patata en una olla grande, y la llenamos de agua hasta que quede sumergida. Añadimos también la cebolla entera. Ponemos la olla al fuego, a máxima potencia, y llevamos a ebullición. Cuando empiece a hervir, añadimos una pizca de sal; la cantidad de sal variará en función de si el bacalao es fresco o desalado. En este último caso, conviene quedarse corto antes que pasarse.

En un cazo aparte, cocemos los huevos en abundante agua hirviendo. Cuando estén listos, les quitamos la cáscara y los reservamos.

A media cocción, añadimos la batata en rodajas y la coliflor (previamente lavada y cortada en porciones grandes). En cuanto la coliflor comience a estar tierna, bajamos un poco el fuego (yo lo bajé del 9 al 7), y añadimos el pescado, que dejaremos cocer durante unos 5 minutos. 

Apagamos el fuego, y escurrimos el contenido de la olla. Servimos junto con el huevo cocido, y añadimos aceite de oliva virgen extra al gusto.


Es un plato sencillo, pero rico y muy sano. Encima acompaña muy bien a estos últimos días de invierno, que aunque el sol empieza ya a ganar presencia, las temperaturas siguen siendo bastante frías. Os prometo que con esta caldeirada entraréis en calor al momento, y os sentará de lujo, lo dijo de verdad. Si la probáis en vuestras casas, no dudéis en mandarme fotos con el resultado o dejadme vuestras impresiones en los comentarios, me encantará responderos y aclarar cualquier duda al respecto :)

Nos vemos pronto, ¡estoy ansiosa por ver lo que han cocinado mis compañeras del reto! Si vosotros también queréis descubrirlo, podéis hacerlo pinchando aquí.

Un biquiño! 

Información nutricional de la Caldeirada de bacalao
Calorías totales: 2234 kcal
Calorías por ración (4 raciones): 558,5 kcal/ración

jueves, 5 de marzo de 2015

¡Viajamos a Perú! Tabulé de quinoa


Vale, no, siento lo confuso del título, pero si os lo estabais preguntando, no me ha dado por cogerme ningún avión a Sudamérica (más quisiera yo...). Me refería a un viaje culinario, sí, un viaje de sabores gracias al nuevo reto de este mes de Cooking the Chef, que han organizado Aisha y April llevándonos a un país precioso como es Perú.


No es la primera vez que participo en este reto, pero hasta ahora me había sido imposible hacer mención a él en el blog. Así que hoy voy a aprovechar un poquito para contaros de qué va. Cooking the Chef busca rendir homenaje a cocineros y cocineras de todo el mundo, a través de la reproducción de sus platos y de la inspiración que nos suscita su trabajo.



Y este mes, el homenajeado es ni más ni menos que...


...¡Gastón Acurio!

Para los que no lo conozcáis como, he de reconocer, era mi caso hasta que me llegó el reto, os diré que se trata de uno de los más importantes cocineros de Latinoamérica, y quizás el más representativo de su tierra natal, Perú. Cuenta con más de 30 restaurantes a lo largo y ancho de todo el mundo, en los que refleja los sabores más tradicionales de su país, pero con una presentación moderna y muy cuidada.

Personalmente, nunca me había acercado a la cocina peruana, no tenía ni idea de cuáles eran sus ingredientes estrellas o sus platos más tradicionales. Dejando de lado el clásico ceviche, que se ha popularizado bastante hoy en día casi hasta el punto de perder su esencia inicial, estaba completamente en blanco en cuanto a este tipo de gastronomía. Por eso mi alegría al ver la propuesta de este mes fue doble: sabía que iba a aprender muchísimo con este nuevo reto, en el que me embarqué de inmediato.



El problema, que no es difícil de detectar, estaba por supuesto en los ingredientes de las recetas. Quizás para los que viváis en Madrid o Barcelona no sea tan complicado encontrar ciertos ingredientes que, bien gracias a las tiendas especializadas como a las grandes superficies, son algo más accesibles al público; pero para los que como yo vivimos en pueblos pequeños, la cosa cambia. Y, muy a mi pesar, tuve que contar desde un principio con esta limitación, que influyó mucho a la hora de escoger la receta que elaboraría.


Finalmente, me decanté por este tabulé de quinoa, un plato que muchos de vosotros habréis visto en múltiples cocinas de todo el mundo (sobre todo en la tradición árabe), pero que a lo mejor no sabíais que está muy presente en la gastronomía peruana tradicional.



Tabbouleh, quinua, tabulé… distintas formas de llamar a un plato muy vistoso y lleno de sabor, que me ha sorprendido muy gratamente por lo sencillo de su elaboración y lo sano y nutritivo que es. La quinoa (o quinua) es un pseudocereal que aquí en España todavía no es demasiado popular, y cuando lo compramos en tiendas especializadas o grandes superficies, su precio suele ser elevado; sin embargo, en Perú se utiliza muchísimo, desde hace más de 5000 años. Por su bajo contenido en grasas es muy adecuada si estáis a dieta, ya que además es muy rica en fibra, proteínas, minerales y vitaminas. Os recomiendo que la probéis, porque en la cocina es súper versátil (podemos hacer con ella desde ensaladas, hasta hamburguesas, guarniciones o incluso desayunos tipo gachas), y muy pero que muy sana.


Pero entrando ya a comentar la receta, he de deciros que está saca del libro “Gastón Acurio en tu cocina”, concretamente del volumen 3, “Maíz, arroz y otros cereales” (pp. 20-21). Los cambios que he hecho, al margen de ajustar las cantidades, se resumen básicamente en dos aspectos: suprimir el huacatay (una planta aromática difícil de encontrar aquí) y substituir el ají (sí, lo sé, quizás el ingrediente más característico de la cocina peruana, ¡pero es que no fui capaz de encontrarlo!) por pimiento normal y por distintos tipo de tomates cherry.


Esta es mi propuesta, pero para aquellos que prefiráis optar por la receta original, os propongo dos alternativas: una es que busquéis los ingredientes originales, si os resulta posible, y hagáis la receta de Gastón tal cual (podéis acceder al libro de forma gratuita en ISSUU); y la otra es que probéis el plato directamente de su cocina. Sí, habéis oído bien, es posible degustar la cocina de Gastón, concretamente en Madrid y Barcelona, donde podemos encontrar uno de sus restaurantes, Tanta. En su carta veréis que mezcla el concepto de cocina tradicional peruana, con platos tan típicos como el ceviche o la causa limeña, pero con un espacio reservado para la cocina fusión, con guiños a la comida asiática, española, o incluso africana. Si no me creéis, consultad su carta, os sorprenderá.


Sin más, os dejo con la receta.

Tabulé de quinoa
Ingredientes para 4 personas:
- 100 gr de quinoa
- ½ pimiento amarillo o rojo
- 1 tomate
- 12 tomates cherry variados (amarillo, pera, kumato y amarillo pera)
- 1 cebolla morada
- 1 pepino
- 12 ramitas de cilantro
- 15 hojas de hierbabuena
- 12 ramitas de perejil
- 2 limas
- Pimienta blanca
- Sal
- Aceite de oliva

En primer lugar, lavaremos bien la quinoa bajo un chorro de agua fría. La añadimos a un cazo con más agua, y lo calentaremos hasta llevarlo a ebullición. Lo dejaremos hervir unos 3 minutos. Pasado este tiempo, bajamos la temperatura a fuego medio-bajo, y la cocinamos tapada unos 10 minutos más. Apagamos el fuego, colamos bien la quinoa, y la dejamos enfriar a temperatura ambiente.

Picamos el resto de ingredientes, en porciones pequeñas y más o menos iguales. Exprimimos las limas y vertemos el zumo en un cuenco, al que añadiremos los tomates, la cebolla y el pepino previamente picados. Echamos también las hierbas aromáticas, picadas muy finas, y removemos todo bien. En este punto podemos añadir aceite al gusto, aproximadamente una o dos cucharadas. Yo apenas añadí, porque me parecía que los sabores casaban bien sin echar demasiado. Dejamos macerar esta mezcla durante 10-15 minutos.

Transcurrido este tiempo, añadimos la quinoa y removemos todo muy bien. Refrigeraremos el tabulé entre media hora y una hora, dependiendo del tiempo de que dispongamos. Yo lo tuve en la nevera 40 minutos, y fue suficiente.

Rectificamos de sal, y añadimos la pimienta blanca molida. Servimos bien fría.


Es un plato que puede servir tanto de entrante, a modo de ensalada ligera, como de guarnición, dependiendo de la cantidad que hagamos. Yo lo serví como primer plato y funcionó muy bien, ya que tiene un sabor muy potente y además sacia bastante.


Puestos a hacer correcciones o cambios, para la próxima vez añadiría menos cebolla, y quizás probaría a disminuir la cantidad de zumo de lima, porque para mi gusto (he de decir que estoy muy poco acostumbrada a comidas o sabores con tanta potencia) resultaba demasiado fuerte.

Como siempre, os animo a cocinarlo y degustarlo, y a que después me contéis cómo os ha salido y qué os ha parecido. Igualmente, no os perdáis las recetas de mis compañeros de reto, ¡estoy segura de que no os defraudarán!


Nos vemos pronto, con nuevos sabores y nuevas noticias.

Un besiño!

Información nutricional del Tabulé de quinoa
Calorías totales: 620 kcal
Calorías por ración (4 raciones): 155 kcal/ración

jueves, 26 de febrero de 2015

Gastroexperiencias: mi primera cata de vinos

Pues aquí estoy después de una temporada considerable sin publicar. Estos días han sido de locos, aunque no estoy en la misma tesitura de enfado/desgana de la semana pasada (gracias a Dios), pero no puedo negar que no he tenido tiempo para aburrirme. Bueno, ni para aburrirme ni para divertirme mucho. Es que en mi casa se ha producido en los últimos días un ataque masivo de virus, y menos una servidora y su hermana, el resto han estado todos de baja (y de bajón), durante un tiempo considerable. Así que al final es un milagro que consiga seguir publicando, jeje!

Como veis, hoy os traigo algo diferente. En primer lugar, os estaréis preguntando a qué viene eso de gastroexperiencias; pues nada menos que una nueva sección en el blog, que básicamente consistirá en pequeñas crónicas personales sobre justamente eso, experiencias culinarias que creo pueden seros de interés para conocer un poquito más iniciativas nuevas e interesantes en el mundo de la cocina y la gastronomía. Así que para los que os lo estabais preguntando, no, hoy no traigo receta. Pero bueno, siempre he pensado que en la variedad está el gusto, ¿no?

Y mi primera experiencia tiene que ver nada más y nada menos que con un producto con el que sé que muchos de vosotros estaréis familiarizados, que es parte de nuestro patrimonio gastronómico nacional, y como no, parte de nuestra historia. Sí, ese producto es el vino, y la experiencia que os traigo es, como no, mi primera cata de vinos, a la que pude asistir hace unos meses aunque hasta hoy no había encontrado el momento de traérosla al blog.

Una foto aérea de la cata, para que os hagáis una idea

Algunos de los que me leen y me conocen, estarán flipando. Y con lógica. 

Es que lo que muchos de vosotros no sabéis de mí es que nunca me ha gustado el vino, básicamente porque no bebo alcohol. Desde que yo recuerde, nunca me han gustado las bebidas alcohólicas, por regla general. Y sumado a esto, como encima tampoco aportan nada a nuestra salud, directamente no existen en mi dieta habitual. 

Estoy escuchando por allí al fondo a algún listillo que me mira con recelo… a ver, me justifico y explico: sólo pongo dos excepciones, dos tipos de licores que me resultan agradables aunque mi consumo de los mismos se limita a un chupito en alguna boda o bien en la Feria Medieval que se celebra donde yo vivo. Son, cómo no, el licor café y la crema de orujo (sobre todo esta última, el licor café hace años que no lo he vuelto a probar). Se tratan de las únicas bebidas alcohólicas que me han gustado alguna vez, aunque hace mucho, mucho tiempo que no las pruebo. 

Ahora entendéis lo extraño de que mi primera gastroexperiencia tenga que ver con producto tan poco consumido por mí como es el vino. Sin embargo, sí he de decir que lo uso para cocinar y me encanta tenerlo presente en mi cocina. Pero la principal razón por la que me apunté es que sencillamente creo que todo interesado en la cocina debe, al menos, conocer y valorar los productos con los que se trabaja, saber apreciar la tradición gastronómica de nuestro país, y sobre todo, tener ganas de aprender. Yo, que soy curiosa por naturaleza, no podía dejar pasar esta oportunidad, y no lo dudé demasiado.

A este evento no fui sola: me acompañaron mi tío, que sí se puede decir que está más versado que yo en la materia, y mi madre. Lo cierto es que ninguno de los tres había ido nunca a una cata y no teníamos muy claro qué tipo de evento/taller era este, pero lo cierto es que salimos encantados con la experiencia.

Aquí vemos al sumiller Arturo Soria (izquierda) acompañado de Emilio, dueño y encargado del Restaurante Marico

El taller de iniciación a la cata tuvo lugar el 26 de septiembre, a las 21:30 de la noche, en el Liceo de Noia, con la colaboración del Restaurante Marico. La cata estuvo a cargo del sumiller y enólogo Arturo Soria, que se encargó además de presentar las bodegas Monteabellón, en las que se producen los cinco vinos que tuvimos el placer de degustar. 


Se trata de una empresa familiar situada en la Ribera del Duero, donde cuentan con más de 71 hectáreas de viñedos, más concretamente en el municipio de Nava de Roa. Para elaborar sus vinos, utilizan únicamente uvas de sus propias cosechas, que se reparten en la variedad Tempranillo y Tinta del País. Por su trabajo y la calidad de sus productos han recibido premios tan importantes en los últimos años como el Baco de Oro en los Premios Baco (2014), la Medalla de Oro en el Concurso Mundial de Bruselas de 2013, entre muchos otros, y sus vinos Monteabellón Finca La Blanquera 2009 y Monteabellón Tempranillo 14 Meses en Barrica 2010 (que tuve la suerte de catar), figuran en el 92º y 91º puestos de la lista Wine Spectator, que selecciona anualmente a los mejores vinos del mundo. Quiero dejar claro, llegados a este punto, que Bodegas Monteabellón no me ha pagado ni patrocina de forma alguna lo escrito en este post. Lo relatado en él es fruto de mi propia opinión personal y no está en ningún modo influenciado por intereses comerciales. 

A lo largo de las dos horas y media aproximadamente que duró la cata, pudimos degustar dos vinos de la Denominación de Origen Rioja, un Finca Athus Joven y un Finca Athus Crianza; y tres vinos de la Denominación de Origen Ribera del Duero, un tinto joven (Avaniel), un Monteabellón de cinco meses en barrica, y un Monteabellón Crianza de 14 meses en barrica. 

Vale, para los que, como yo, entendéis más bien poco o nada, de vinos, esto todo os sonará a japonés. Así que vayamos por partes.

Lo primero de todo: ¿en qué consiste una cata de vinos? Básicamente, en saber cómo degustar y valorar los vinos que se nos presentan, a través de los sentidos de la vista, el olfato y el gusto, por supuesto. De ahí que podamos hablar de cata visual, cata olfativa, y cata gustativa. Cada una nos va a aportar una información diferente sobre el vino que estamos probando, y nos darán los distintos matices que lo definen. Os resumo un poquito en qué consistiría cada una:
  1. La primera de todas es la cata visual. Para poder apreciar el vino a simple vista, inclinaremos nuestra copa unos 40º-45º, sobre un fondo liso y lo más claro posible. Un buen truco es colocar una servilleta blanca, de papel o tela, debajo de la copa para poder apreciar ese contraste en los colores. Así, en la cata visual aprenderemos a distinguir las tres partes que componen el vino, y que serían la lengua (parte final en la que el vino pasa de la tonalidad más oscura a la más clara por la inclinación de la copa), el cuerpo (la parte donde se concentra el vino, más oscura e intensa) y el ribete (los bordes del vino, donde se aprecia su auténtico color original). Además, es importante que observemos la lágrima, que se forma al mover el vino lentamente por el interior de la copa, mientras se desliza por los laterales del cristal. Es un elemento importante y muy interesante, pues nos ayuda a determinar la graduación alcohólica del vino: cuando más gruesa y abundante sea la lágrima (cuanto más “llore”, por así decirlo), mayor será la graduación del vino. 
  2. Después pasaríamos a la cata olfativa, que puede realizarse a través de dos vías: la nasal (percibimos los aromas directamente a través de nuestra nariz, al oler el vino) o retronasal (en la que percibimos los olores tras llevar el vino a la boca, desde la cual llegan al bulbo olfativo). Lo cierto es que no se nos incitó a decantarnos por una o por otra, cada uno según el vino probaba de una forma u otra. Lo cierto es que a mí ambas me parecieron interesantes, pues se consiguen captar los matices en mayor o menor medida según el tipo de vía que escojamos. Pero además, la cata olfativa se compone de varias fases:
    • Una primera fase en la que captaremos los llamados aromas primarios, que son los que percibe nuestro olfato directamente del vino cuando se vierte en la copa, que permanece inmóvil en todo momento. Serían los olores que proceden de la propia uva.
    • Una segunda fase en la que captaremos los aromas secundarios, aquellos que vienen determinados por la fermentación del alcohol. La forma de acceder a ellos en este caso consiste en agitar la copa con movimientos circulares, tras lo cual notaremos como el olor cambia y obtenemos nuevos matices.
    • Una tercera fase, que no se realiza siempre, para captar los aromas terciarios. Estos sólo se aprecian en los vinos de Crianza en barrica o botella. Nosotros, al catar únicamente dos tintos Crianza, sólo pudimos tratar de captarlos en estos casos (digo tratar porque en este aspecto me resultó muy complicado distinguir matices en el olor del vino; muchas veces no tenía claro si estaba detectando un olor o si simplemente me lo estaba imaginando).
  3. Por último, estaría la cata gustativa, que consistiría ya en probar el vino, primero en cantidades pequeñas, y que moveremos en la boca para que la impregne de todos sus sabores, para después degustarlo con más calma a medida que los aromas ascienden a nuestra nariz.
Para pasar de un vino a otro, debemos envinar la copa. ¿Y esto en qué consiste? Pues básicamente en echar un poco del nuevo vino que vamos a probar, mover la copa enérgicamente y desechar su contenido, a fin de que desaparezcan los aromas del vino anterior. He de decir que más de uno prescindía precisamente de este último paso (vamos, que de desechar nada, todo para dentro).

Además, durante la cata olfativa, podemos intentar maridar el vino con diferentes aromas que potenciarán a su vez los propios del tinto. Maridar, para los que como yo no sabían de qué va el asunto, viene a significar algo así como conjugar, casar o combinar de forma armónica dos aromas o sabores a fin de realzarlos. Durante nuestra cata, el sumiller trajo unos pequeños frascos con aromas que distribuyó entre los asistentes para que, a medida que procedíamos con la cata olfativa de los vinos, pudiésemos maridarlos con el aroma que nos proponía. Había un poco de todo según la botella: caramelo, cereza, limón… Pero además tuvimos la suerte de contar con un segundo maridaje, ya para la cata gustativa, a cargo de Conservas Ramón Ferro Bandín, que invitó a los asistentes a degustar algunos de sus productos: zamburiñas en escabeche, ventresca de bonito, mejillones en escabeche y sardinillas en aceite de oliva. He de decir que estaban todas exquisitas; a mí por lo general las conservas en escabeche no me gustan, pues me parece que enmascaran el producto real que venden (me pasa muy a menudo con los mejillones y los berberechos, y siendo yo de una tierra tan de mar, esto no lo perdono), y sin embargo en este caso me sorprendieron muy gratamente, pues el escabeche no resultaba en absoluto pesado y mantenía el sabor del mejillón y la zamburiña. 

Bueno, explicado más o menos el procedimiento de cata, paso a comentaros brevemente los vinos que pudimos probar.

Empezamos la cata con el vino Avaniel, un tempranillo joven, afrutado, con un tiempo de maceración breve (10 días). Más tarde entendí el porqué de la elección de este como el primer tinto de la degustación, ya que por sus potentes aromas resulta perfecto para iniciarnos por primera vez en la cata olfativa. Es un Ribera del Duero, y sé que muchos os estaréis preguntando qué puede diferenciar un Ribera de un Rioja (dejando a un lado la Denominación de Origen, por supuesto). Pues, a simple vista, esta estriba en que el Ribera tiene un color violeta vivo, mientras que un Rioja es más apagado. Los Riojas, además, suelen transmitir aromas más de campo, más húmedos.


Después pasamos a catar dos Riojas: el Athus joven, un tinto algo más profundo que el Avaniel, con toques afrutados pero mayor intensidad; y un Athus Crianza, de 12 meses de barrica. Aquí voy a hacer un inciso para dejar clara una cuestión con respecto a esto último: para llegar a ser un Crianza, el vino debe permanecer un mínimo de doce meses en barrica, y luego pasará a la botella. Las barricas tienen una duración útil de unos cinco años. Sin embargo, tal y como nos hizo saber el sumiller, no todas las bodegas respetan este tiempo. Muchas lo alargan, consiguiendo aumentar así su producción a costa de reducir la calidad de los vinos. Arturo también nos explicó el proceso de fabricación del vino y la importancia de las barricas en este sentido, aunque ahora no me explayaré demasiado porque daría para hacer un blog monográfico a propósito del tema. La cuestión es que lo encontré muy interesante, pues dichas barricas, por ejemplo, se hacen de madera de roble, por su capacidad para transmitir unos aromas al vino durante el proceso de crianza que otras especies arbóreas no conseguirían darle. Pueden estar hechas de roble francés o americano, aunque los matices entre uno y otro apenas son perceptibles en el resultado final del producto. 


Para terminar la cata, volvimos a los vinos de D.O. Ribera del Duero, y probamos en primer lugar un Monteabellón de 5 meses en barrica, hecha en un 50% de roble francés y en otro 50% de roble americano. Me resultó bastante más intenso que los anteriores, y sin embargo agradable. Lo cierto es que es un vino que marida de lujo con la carne, y según sugieren en su propia web, con cualquier tipo de queso. 
Y por último pero no menos importante, pasamos a degustar la joya de la corona de la noche, por así decirlo: un Monteabellón Crianza de 14 meses en barrica, en este caso compuestas en un 70% de roble francés y en un 30% de roble americano. Es quizá el vino más intenso de todos, y también el que más gustó entre los asistentes. Está hecho a partir de una uva procedente de un viñedo muy antiguo, con más de 70 años, y que, según nos explicó Arturo Soria, no ha sido tratado con ningún tipo de producto. Lo cierto es que está repleto de sabor, que es muy profundo y transmite aromas muy distintos con una predominancia más bien dulce. Su graduación alcohólica es de 14º, lo que, si bien no lo convierte en una bebida demasiado fuerte, para ser un vino resulta bastante potente (cabe decir que, cuanto más calor recibe el vino, mayor será su graduación). Marida estupendamente con toda clase de carnes, y aquí os puedo hablar desde la experiencia personal, que en mi casa ya se probó tanto como acompañamiento a varias recetas como de ingrediente estrella de algunas otras (algunos os echaréis las manos a la cabeza por utilizar un vino de este tipo para cocinar, pero sinceramente, pienso que si buscas hacer un plato de calidad, necesitas ingredientes de calidad; y punto). 

Al final de todo, nos invitaron a degustar libremente cada uno de los vinos que habíamos probado, y nos ofrecieron la posibilidad de adquirirlos. Nosotros nos volvimos a casa con una botella de Monteabellón Crianza debajo del brazo, cómo no. Mi tío, se fue a la suya con otras tantas. Y la inmensa mayoría de los que estábamos allí.

Hay que decir que son vinos que una vez abiertos deben consumirse en poco tiempo. Con esto no estoy diciendo que os bajéis la botella en un día, pero un crianza de esta calidad no está pensado para perdurar abierto demasiados días. En mi casa, se dio buena cuenta de él, tanto en copa (no por mí, sintiéndolo mucho, pero sigo fiel a mis gustos originales), como en los fogones (aquí sí que tuve algo que ver, jiji). 


Concretamente, hicimos con él un fondo para un estofado de ternera que estaba… de vicio sería quedarnos cortos...

Para muestra, un botón (y de paso os pongo los dientes largos, jeje). ¡Muy pronto en el blog!

Creo que, con todo esto, ha quedado más que claro en qué consiste una cata de vinos, qué nos puede aportar tanto a los que no somos entendidos en la materia como a los que sí lo son, y por supuesto, lo mucho que disfruté durante la misma.

Os dejo abajo el enlace de la web de Bodegas Monteabellón, por si os interesa conocer algo más acerca de su trabajo y sus productos. Igualmente, os he añadido un par de links que creo pueden resultar de interés para aquellos interesados en el proceso de cata de vinos, para ampliar información. 

Espero que esta primera gastroexperiencia os haya resultado de utilidad, a mí desde luego me ha costado recopilar y ordenar toda la información pero al final creo que ha quedado bastante claro y ordenado, ¿no?

Cualquier duda o sugerencia que tengáis, por favor dejádmela en los comentarios, y estaré encantada de resolverla. Si alguno ha estado en una cata de vinos y quiere contarnos su experiencia, ¡adelante! Me encantaría conocer otros testimonios y sobre todo otros puntos de vista, o diferencias, que podemos encontrar de unas catas a otras. 

Bueno, me despido ya que no son horas para estar frente al teclado. Os veo muy pronto, la próxima vez con receta, lo prometo.

Un besiño!

Bodegas Monteabellón

Links de interés sobre la cata de vinos:

viernes, 13 de febrero de 2015

Ahora ya sí parece invierno… Crema ligera de verduras


Vais a tener que perdonarme, pero me voy a desahogar un poco en esta entrada. Es que llevo una semana bastante mala, la verdad. Y hoy ha sido la guinda. Pero en fin, no siempre se puede tener todo y a veces también tenemos que saber vivir lo negativo, ¿no? 


El caso es que no estoy nada, nada, nada contenta con las nuevas clases. Al final sucedió lo que yo ya me temía, y es que seguimos con la dinámica de: os ponemos hasta arriba de trabajos pero en clase os saturamos de teoría. Y entonces, señores, ¿a quién narices le queda tiempo para hacer el proyecto final de Máster? Que entre unas cosas y otras estoy que no puedo más, me paso el día de arriba para abajo sin parar y con la sensación, al mismo tiempo, de que no hago nada útil. Y claro, eso se refleja aquí: no he tenido nada de tiempo para cocinar, ni para publicar, no he llegado a tiempo al reto de La Cocina TS de este mes… Vamos, un completo y auténtico de-sas-tre.

Para más inri, y como ya os adelanté en mi anterior entrada, unos problemas de salud me están chafando bastante el humor desde hace ya un mes. No me voy a poner a relatar aquí todo el diagnóstico pero el caso es que me están mirando un problema en una pierna que me está impidiendo seguir mi ritmo de ejercicios habitual. Si por poder no puedo ni andar más de 20 minutos seguidos sin que me duela a rabiar… y claro, al final el problema físico me fastidia anímicamente y acabo súper frustrada. Y lo peor es que también influye a nivel nutricional: al no poder hacer ejercicio, tengo que adaptar mi dieta a la situación. Entre otras cosas, es por eso que os traigo hoy precisamente esta receta.


Se trata de una crema de verduras que estoy tomando estas últimas semanas, y que me encanta tanto por su sabor, como por su versatilidad, ya que puede acompañar a multitud de platos, y por los maravillosos beneficios que aporta a nuestra salud. Es perfecta además para estos días de frío y lluvia que, al menos aquí en Galicia, parece que no nos dan tregua.

Si encima estáis a dieta, debéis saber que esta crema no lleva nata, ni leche evaporada, ni ningún extra de grasa a mayores que los dos quesitos que detallo en los ingredientes. Estos además son 0% materia grasa, por lo que no debéis tener ningún miedo a “perder la línea”. ¡Vamos, que a comerla sin remordimientos!


La base es el caldo de verduras que ya publiqué hace unas semanas en el blog, por lo que, como veréis, la primera parte de la receta es exactamente igual a esa. Lo que ocurre es que ahora añadiremos las verduras que cocinamos y el queso, con lo que conseguiremos una textura estupenda y un plato con muchísimo sabor. 

Sin más, os dejo con la receta, espero que os guste. 

Crema ligera de verduras
Ingredientes para 3 personas:
- 1/2 cebolleta (de tamaño grande)
- 2 dientes de ajo
- 1 puerro
- 2 zanahorias
- 2 chirivías
- 2 nabos
- Unas hojas de grelos (unos 60 gramos)
- 1 brécol
- 1 tomate kumato
- 2 hojas de laurel
- Perejil fresco picado (podéis usar perejil seco si no tenéis)
- Sal 
- Pimienta negra molida
- Salsa de soja
- Aceite de oliva virgen extra
- 2 litros de agua fría 
- 2 quesitos (0% materia grasa)

Para hacer nuestra crema de verduras, lo primero que necesitamos es un buen fondo o caldo de verduras, que prepararemos en primer lugar. Podemos comprarlo, pero es mucho mejor hacerlo casero. Para ello, limpiaremos todas las hortalizas y las picaremos.

Si ya has hecho mi receta de caldo, puedes saltarte directamente esta parte y pasar al párrafo final.

En una olla, rehogamos la cebolla y el puerro con una cucharada de aceite de oliva, a fuego medio-fuerte. Cuando empiecen a pocharse, añadimos las demás verduras, a excepción del tomate y los grelos. Transcurridos 10 minutos, añadimos el tomate, sal, y bajamos el fuego. Lo dejamos 5 minutos.

Echamos el agua fría en la olla, subimos de nuevo el fuego y dejamos que hierva durante unos 12 minutos. Es muy importante que espumemos nuestro caldo, es decir, que retiremos la espuma que se forma en la superficie del mismo, ya que contiene impurezas. Añadimos el perejil, el laurel, los grelos, y cocinamos a fuego medio durante media hora.

Transcurrido este tiempo, rectificamos de sal, añadimos una pizca de pimienta negra, y un chorrito de salsa de soja. Dejamos que se cueza 10 minutos más, y cuando esté listo, apagamos el fuego.

Ahora colaremos el caldo, y reservaremos la verdura. El caldo no lo vamos a usar todo, tan sólo 1/3 del que hemos hecho (más o menos medio litro, pues con este receta se obtiene aproximadamente un litro y medio). El restante lo podéis congelar, o refrigerar si pensáis usarlo en los próximos días.

Echamos la verdura en un recipiente amplio, y añadimos medio litro de caldo de verduras y los dos quesitos. Trituramos todo hasta obtener una textura cremosa. 

Podemos decorarla añadiendo croutons de pan o, como yo he hecho, unos germinados, en este caso de cebolla.


Se trata de una receta, como veis, muy sencilla y que da para varias raciones. Yo lo que hago es guardarla en recipientes herméticos y la congelo, así la tengo siempre lista para cuando me apetezca, tan sólo tengo que dejarla la noche anterior en la nevera y al día siguiente la puedo calentar al microondas. 

Esta receta la presenté a un concurso de Canal Cocina, por lo que también la tenéis disponible en su web con un paso a paso fotográfico que os puede resultar de ayuda. Si queréis verlo, simplemente clicad aquí.

ACTUALIZACIÓN (13/03): ¡Es oficial! Mi receta ha sido una de las ganadoras del concurso "Recetas saludables con Isasaweis" de Canal Cocina. Estoy que no me lo creo ^^




Y ahora ya sí, me despido. No puedo prometeros que actualizaré pronto, ya que entre los Carnavales y el trabajo preveo unos días bastante movidos. Supongo que aprovecharé estas vacaciones para adelantar curro, aunque no sé si será suficiente… En fin, mejor me voy a concentrar en ir sacando todo lo mejor posible y en recuperarme (no sabéis las ganas que tengo de retomar mi ritmo habitual, esto es un rollaaaazo). ¡Que paséis un finde genial y un Carnaval todavía mejor!

Un besiño!

Información nutricional de la Crema de verduras
Calorías totales: 740 kcal
Calorías por ración (3 raciones/350 ml): 247 kcal/ración

jueves, 5 de febrero de 2015

Hoy toca inspiración... Dim Sum con curry rojo y puré de batata


Bueno, como veis me ha dado fuerte por lo salado estas semanas. Tenéis que entenderme, por un lado está el hecho de que en casa nos cuidamos mucho y tampoco abusamos del dulce; y por otro, que con el lío de las clases tengo menos tiempo para elaboraciones, digamos, más especiales, y al fin y al cabo lo salado siempre está presente aunque sea en la comida del mediodía.

Pero nunca vienen mal un par de propuestas diferentes para darle un toque original a nuestras comidas, ¿verdad? Yo estoy convencida, y por eso os traigo hoy una receta muy diferente a lo que estoy acostumbrada a cocinar en mi día a día, pero que en casa ha resultado un éxito tanto de sabor como en lo que respecta a la presentación.


Se trata de un dim sum, un plato típicamente asiático, en este caso con sabores que fusionan la cocina española, con ese toque que le da la carne de cerdo adobada con especias muy mediterráneas, y tailandesa, gracias al curry rojo que le aporta mucho sabor y un cierto deje picante. 

Como muchos ya sabréis, el dim sum no es un plato concreto, sino una especie de aperitivo tradicional que se suele tomar en China entre el desayuno y la merienda. Vamos, sería una especie de “brunch” chino, que suele componerse de pequeños bocados salados, como wontons, gyozas, char siu bao, generalmente cocinados al vapor (aunque pueden hacerse fritos) y rellenos de vegetales o carne, junto con algún tipo de sopa o caldo, y siempre acompañados de un buen té, tradicionalmente pu-erh, aunque también se admiten otras variedades. Como veis, es una comida muy completa que se suele pedir para grupos o familias, y que tienen disponible en la mayoría de los establecimientos del país. 


Y estaréis pensando, ¿de dónde sale esta repentina inspiración asiático-española en el blog? Pues se debe a un chef muy concreto del cual he tomado prestada la receta, que muchos ya habréis adivinado en el momento en que mencioné las palabras “cocina-fusión”. Sí, amigos, ese chef es Alberto Chicote, archiconocido gracias a la televisión y más concretamente a los programas Pesadilla en la cocina y Top Chef. 


Seamos francos. Chicote no suele ser un referente culinario que aparezca con facilidad en mis pensamientos cuando pienso en grandes chefs españoles. 

No sé si es por su carácter mediático, o porque quizás no conocía demasiado su trabajo, pero nunca lo había apreciado lo suficiente. Bueno, he de decir que con esta experiencia he aprendido mucho, no sólo de su cocina, sino en general de la práctica de fusionar las tradiciones gastronómicas de países tan diferentes como España, China y Tailandia. Y mirad, ya que estamos haciendo confesiones: me he quedado muy contenta con el resultado. No sólo del plato, sino de toda la odisea que ha supuesto conocer esta nueva cocina, gracias a la cual he aprendido muchísimo de la cultura de otros lugares. 



El plato a muchos os parecerá algo complicado. Nada más lejos de la realidad. Es una receta bastante sencilla, a la que el único obstáculo que le puedo encontrar es conseguir los ingredientes adecuados para realizarla. Como suelo ser muy previsora, os he incluido al final, en el apartado de Consejos/Variaciones, varias opciones que os permitirán readaptar todavía más la receta a vuestra situación y a vuestros gustos.

Por cierto, era de esperar que, conociéndome, haya hecho alguna que otra modificación de la receta original de Chicote, que podéis consultar aquí , en la web de Canal Cocina, donde además tenéis un vídeo explicativo para realizarla. Para empezar, he sustituido el tipo de carne, básicamente porque conseguir rabo de buey no es demasiado fácil donde yo vivo, y porque no quería arriesgarme con un tipo de carne que no he probado nunca y que requiere una cocción muy prolongada (Alberto la cocina durante 8 horas). En su lugar, he optado por un lomo de cerdo gallego, que he adobado con especias a mi gusto, y que he marcado a la plancha. Por otro lado, el puré de batata lo he hecho todavía más sencillo que Chicote, y he prescindido de la mantequilla que, desde mi punto de vista, no le aporta nada a un vegetal que de por sí ya es muy cremoso cuando se cocina asado. Y por último, aunque alguno echará las manos a la cabeza, he eliminado la leche de coco de la elaboración del curry rojo. La razón: no quería comprar leche para usar una cantidad tan pequeña y que luego se me estropease en la nevera; y por otro lado, no quería hacer una base de caldo demasiado grasa. Bueno, que casi se me olvidaba, en lugar de emplear masa de gyozas (hecha a base de harina de arroz, sal y agua), he empleado masa de wonton, que es idéntica a la masa de gyoza salvo por el hecho de que lleva también huevo. Sería, por así decirlo, la versión china de las gyozas, que suelen emplearse más en cocina japonesa. La razón es que no quedaba en la tienda masa de gyoza, y no tenía tiempo de hacerla casera, así que me dejé aconsejar y opté por los wonton. La verdad, me alegro de haberlo hecho, ya que a la hora de manipular la masa, es mucho más cómodo ya que sólo se necesita agua para sellar cada bollito; sin embargo, con las gyozas es necesario usar huevo batido. 


No me voy a enrollar mucho más, y pasamos a la receta, a ver qué os parece.

Dim Sum de carne con curry rojo y batata
Ingredientes para 4 personas:
- 20 láminas de masa de wonton *
- 3 filetes finos de lomo de cerdo
- 2 batatas grandes
- 1 litro de caldo de carne
- 3 quesitos (cada porción de 16 gr) *
- ½ cucharada de pasta de curry rojo *
- 2 dientes de ajo
- Jengibre fresco
- Orégano
- Albahaca
- Ajo picado
- Cebolla molida
- Perejil picado
- Pimienta negra
- Sal 
- Aceite de oliva virgen extra
- Germinados de cebolla (para decorar) *

* Ver anotaciones finales.

En primer lugar, vamos a preparar la carne. El día antes, la adobamos con aceite de oliva, orégano, ajo, perejil, cebolla molida, pimienta negra y albahaca. La dejamos macerar mínimo 12 horas. 

Al día siguiente, la cortaremos en trocitos muy pequeños, como si fuésemos a preparar un tartar, más o menos en cubitos de un centímetro de lado. En una sartén, la doraremos a fuego medio, hasta que veamos que se ha hecho, pero sin pasarnos, para que nos quede jugosa (aproximadamente unos 6-7 minutos). Reservamos.

Precalentamos el horno a 200º. Lavamos bien las batatas, y si son muy grandes les hacemos un corte longitudinal sin llegas a los extremos. Las envolvemos en papel de aluminio y las metemos en el horno aproximadamente media hora. 

Ahora prepararemos la base del plato, que será nuestra salsa de curry rojo. Para ello, en una sartén amplia, vamos a dorar los dientes de ajo y el jengibre rallados, con un poco de aceite de oliva. Añadimos la pasta de curry rojo, y cocinamos a fuego medio-alto sin dejar de remover. Es muy importante que tostemos bien el curry, porque así liberará todo su aroma y a la hora de añadir el caldo éste absorberá todo su sabor. Cuando veamos que todos los ingredientes están en su punto, más o menos tras 5 minutos al fuego, añadiremos el caldo de carne, y dejaremos reducir a fuego medio-alto, durante unos 10 minutos. Transcurrido este tiempo, añadiremos el queso troceado, bajaremos un poco el fuego, y dejamos que se cocine y se funda lentamente. Removemos de vez en cuando para integrar toda la mezcla y evitar que se nos agarre el fondo. 

Mientras, vamos preparando los wontons. Colocamos cada lámina de masa en la palma de nuestra mano, las pincelamos con agua, y en el centro colocamos una cucharada de carne. Cerramos cada una haciendo una especie de saquitos, y presionamos bien para sellar cada pieza y que no se nos abra cuando la calentemos. Una vez las tenemos todas preparadas, las cocinamos al vapor durante unos 7-8 minutos. Si usáis una vaporera de bambú, no creo que tengáis problemas a la hora de cocinarlos; si, como yo, tenéis una vaporera de cristal, os recomiendo que coloquéis sobre ella una lámina de papel sulfurizado, así los wontons no absorberán demasiado líquido, y evitaremos que se abran o se peguen.

Volvemos al caldo, que lo habíamos dejado en el fuego, a fuerza media. Cuando tengamos una consistencia cremosa, retiramos del fuego, tapamos y reservamos.

Sacamos las batatas del horno y las vaciamos en un recipiente amplio. Añadimos un poco de sal y pimienta negra al gusto, yo no le he añadido demasiado porque me gusta que esté suave. Para hacerlas puré, simplemente tendremos que remover la pulpa de la batata con ayuda de unas varillas o mismo de un tenedor, haciendo movimientos envolventes sin parar. Veréis que pronto conseguiremos esa textura de puré, sin necesidad de añadir ningún tipo de grasa.

Por último, apagamos el fuego de los wontons, y los retiramos con cuidado del papel. Vamos a proceder ahora con el montaje de nuestro plato. 

Os recomiendo que escojáis un plato hondo: en el fondo, colocaremos nuestra salsa de curry rojo; sobre ella, pondremos los wonton, y encima de los mismos una porción de puré de batata. Por último, podemos coronar nuestros aperitivos con unos germinados, que en mi caso eran de cebolla, o bien con un poco de cebollino picado, por ejemplo.


Consejos/Variaciones:
  • Las láminas de wonton no son difíciles de conseguir, pues las venden en cualquier tienda de productos asiáticos, y también la he visto en algún supermercado. De todas formas, si no pudierais encontrarla, os propongo varias alternativas: comprarla de forma online, en algunas de las tiendas que tienen este servicio, como por ejemplo en la que yo he comprado, Nippon Store; emplear masa de gyoza, para lo cual sólo tendréis que hacer un cambio, y es que en lugar de pincelar la masa con agua para después cerrarla bien, hay que usar huevo batido; podéis también hacer la masa de forma casera, hay varias recetas por internet que he consultado y que me parecen bastante válidas, la verdad, es sólo cuestión de buscar; o, por último, podéis cambiar la masa por otra distinta, como la filo o la brick, aunque éstas por lo general no admiten una cocción al vapor, así que tendríais que adaptaros a cada una.
  • La pasta de curry rojo se puede encontrar en prácticamente todas las tiendas de alimentación asiática, ya que es uno de los ingredientes más característicos de la cocina tailandesa. Pero, si os ocurre algo parecido a lo que comenté con la masa de wonton, y os resulta imposible adquirirla, podéis optar por comprarla online, o bien hacer el curry de forma casera, ¡seguro que os sale riquísimo!
  • El quesito lo he utilizado para reducir la cantidad de grasa total de la receta, ya que la leche de coco actúa un poco como la nata, y aunque consigue mejorar la consistencia de las cremas y aporta unos matices de sabor muy interesantes, yo he preferido substituirla. El queso aporta cremosidad y encima es bajo en grasas, así que si estás a dieta, no te preocupes, que no vas a pasar hambre :) De todas formas, si preferís emplear la leche de coco como en la receta original, no hay problema, simplemente tendréis que añadir unos 200 ml a la salsa y dejarla cocer.
  • Los germinados, por último, está claro que son opcionales. A mí me gusta el toque que aportan en la presentación de algunos platos, pero además hay que tener en cuenta que también nos aportan numerosos beneficios desde la perspectiva nutricional. Podéis comprarlos o hacerlos caseros; si alguien se anima a esto último que me comente cómo le ha salido, tengo muchas ganas de hacer en casa germinados pero nunca encuentro el momento de ponerme a ello.


Como veis, no es una receta difícil en sí misma, pues si seguís los pasos ya os dejo claro que no os dará ningún problema. Y de sabor, qué queréis que os diga: la carne marida perfectamente con el fondo, y ese toque picante de la salsa se contrarresta con el dulzor y la cremosidad de la batata, por lo que resulta un bocadito muy agradable en boca. 

Me parece una idea muy chula para presentar en una cenita o para sorprender en alguna comida familiar o entre amigos. Lo podéis tomar con palillos chinos (como ha hecho una servidora), o bien a la española con cuchillo y tenedor. ¡El caso es comerlos! ¡Que la falta de pericia con los palillos no evite que os pongáis hasta arriba de wontons! He dicho!

Bueno, que no me enrollo más. Probad la receta y contadme qué os ha parecido. Yo ya os adelanto que no defrauda. 


Me retiro ya que es muy tarde y mañana madrugo. Espero volver en breve, si la salud me lo permite, que estos días estoy teniendo unos problemillas bastante jorobados… en fin, ya os lo contaré en la próxima entrada, que tiene para largo…

Mientras, todo el mundo a cocinas. ¿A qué esperáis para probar la receta?

Un besazo!

Información nutricional del Dim Sum con curry rojo y puré de batata
Calorías totales: 1120 kcal
Calorías por ración (4 raciones): 280 kcal/ración