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domingo, 25 de octubre de 2015

De viajes, retornos y nuevos proyectos


Después de más de tres meses sin publicar, cuando quise empezar a redactar esta entrada tenía sentimientos encontrados. Por un lado, ilusión por retomar el blog, mis recetas, mis historias. Por otro, responsabilidad, por seguir en el mismo nivel que lo dejé y poder dar otro pasito hacia delante ofreciendo ideas más ricas, más complejas y con una mejor presentación. Y por otro, cierta pereza. 

Sí, pereza. Porque en el fondo, todos sabemos que cuando te pones a trabajar en algo que tienes un poco oxidado, nos cuesta volver a empezar. ¡No me miréis mal! ¡Estoy encantada de volver! Pero para que os hagáis una idea, esta entrada me ha costado hacerla más de una semana, entre encontrar las fotos, seleccionarlas y prepararlas para la publicación, redactarla el texto, etc. 


Muchos os estaréis preguntando a qué se debió mi larga ausencia. Bueno, lo cierto es que allá por julio, coincidiendo con un viaje del que os hablaré más abajo, decidí tomarme unas vacaciones bloguiles durante un mes, más o menos, y retomar la actividad al cabo de un tiempo prudencial. Primero me dije: “venga, publico una o dos veces más este mes y dejo agosto para descansar”. Pero entre el viaje, y un par de compromisos que se me fueron juntando, julio pasó sin darme casi ni cuenta. Después pensé: “bueno, a mediados de agosto retomo. Total, está todo el mundo de vacaciones en la blogosfera y seguro que a nadie le molestan unos días más”. De nuevo, craso error: agosto se convirtió este año, para mí, en un auténtico calvario. Luego os lo contaré también, pero el caso es que fue un mes que estaba deseando que se terminase. Y finalmente llegó septiembre: “bien, al fin la rutina de siempre- pensé-, ahora sí puedo retomar todo donde lo dejé y volver a reorganizar mis horarios como de costumbre”. Como de costumbre. Ya. Claro. 

Lo que no sabía es que septiembre se convertiría en un mes dedicado a reorganizar la que ahora es mi vida, y que poco, muy poco, tiene que ver con la que tenía hace un año. Nuevos proyectos, nuevas responsabilidades, trabajos, metas, y muy, muy, pero que muy poco tiempo libre. 

Y algunos os preguntaréis que de qué me quejo. 


Pues de nada. No me quejo. El año pasado estaba muy algo preocupada acerca de lo que ocurriría a partir del verano. Acostumbrada durante 20 años de mi vida a empezar en septiembre un nuevo curso, y habituada a la inercia del estudio, el trabajo, los exámenes y el descanso como una rueda imparable en mi vida, me asustaba el pensar que todo esto ya había alcanzado su límite. Terminado el máster, con él había puesto fin a mis estudios universitarios y se abría ante mí lo que muchos llaman “un mundo de posibilidades laborales”. Esperad que me eche a reír…


Bromas aparte, estaba claro que empezaba una nueva etapa. Pero yo sólo tenía un plan: ponerme a preparar las oposiciones en cuerpo y alma. Única y exclusivamente. Y eso me aterrorizaba.

No por el estudio, porque al fin y al cabo siempre he sido una buena alumna y sabía que no tendría problema en continuar responsabilizándome de ese tipo de tareas. No, lo que me preocupaba, y mucho, era pasar un año entero únicamente estudiando las opos. Ya sé, ya sé que eso es más que suficiente porque es muy duro, etc, etc. Pero no tener una rutina más allá del estudio personal… no sé, no me convencía.


Pensé en apuntarme a actividades, en tomarme el blog con más profesionalidad, en vender algo más el tema de las tartas personalizadas (que normalmente hago sólo como regalo para amigos y familiares), y seguir dando alguna clase suelta de apoyo a mi prima, que es el único sueldo que tengo desde hace un año.

Bien. Ahora imaginad todo lo anterior pero multiplicado por 10, añadid trabajo los fines de semana, entrenamiento diario, horticultura ecológica ocasional y ensayos, y tendréis una panorámica más o menos realista de cómo es ahora mi vida. ¡Ah! Y no os olvidéis de las 6 horas aproximadas de estudio diario para las oposiciones. 


Vamos, que no me aburro. Y que mi vida es algo caótica y estresante. Pero poquito a poco le voy poniendo orden. Ya os contaré más detalles en próximas entradas, pero el caso es que tengo un horario que me va a dar más de un dolor de cabeza semanal, os lo aseguro. Y eso explica en gran medida la falta de tiempo para poder dedicarme con todo el esmero que me gustaría al blog. 

Hoy no voy a aburriros más hablándoos de mi rutina, aunque ya os iré contando alguna cosita, sobre todo las que tienen que ver con ciertos contenidos que tengo pensado ir incluyendo, sobre vida sana, alimentación saludable y nutrición deportiva.


Hoy os quiero hablar del primer motivo por el que tuve que darle un descansito al blog: mi viaje del verano, en el que, otro año más, he podido conocer una pequeña parte de la bota de Europa, Italia.

Vistas desde el puerto de Riva del Garda
Digo otro año más porque es el tercer viaje de verano que dedicamos a conocer el país. 

Antes de nada, aclararé que lo llamo “viaje de verano” porque mi familia y yo solemos hacer dos viajes al año, uno en invierno y otro en verano, coincidiendo con las vacaciones que se piden en el trabajo (y que procuramos hacer coincidir).

Admirando la Pietá Rondanini, una de las últimas obras de Miguel Ángel (Castello Sforzesco, Milán)
Este año nos pasamos una semana conociendo el norte de Italia, concretamente las regiones del Véneto y la Lombardía. Habíamos estado en Venecia hace dos años, cuando visitamos además Florencia, Bolonia, y la zona de la Toscana. El año paso, le tocó el turno a la zona del Lacio, es decir, Roma, Nápoles, Pompeya y la costa amalfitana. 

Así que hace unos meses visité por fin lugares como Milán, Padua, Mantua, Verona, el lago di Garda y los pueblitos que hay en su rivera, como Sirmione y Riva del Garda, y además, repetimos Venecia. Nos quedó pendiente ir a las islas de Murano y Burano, y visitar Brescia, los primeros por falta de tiempo y el segundo por un atasco de tres horas en carretera el último día que nos obligó in extremis a cambiar los planes e ir directos al aeropuerto.

Una muestra mínima del arte que pudimos ver
Fue un viaje genial, pudimos disfrutar de las ciudades paseando tranquilamente; visitamos museos (una parte de mí se quedó para siempre entre los muros de la pinacoteca de Brera, en Milán); admiramos a Davinci ante su obra "La última cena"; disfrutamos de las aguas termales de la Villa dei Cedri, en Lazise; nos volvimos un poco niños cuando llevamos a mi sobrino al parque de atracciones de Gardaland; viajé en el tiempo y me contagié de la magia de Verona, imaginando aquellos escenarios en los que tanto sufrieron Romeo y su Julieta (Shakespeare es uno de mis autores favoritos del mundo mundial); hicimos carreras en los toboganes del parque acuático Cavour, en Valeggio sul Mincio; le dejamos un par de mensajitos a San Antonio en su Basílica de Padua, preciosa por dentro y por fuera (no, no pedí ningún novio, aunque sea la costumbre), y en su plaza presenté mis respetos al condottiero Gattamelata; me tomé un helado de pistacho en la plaza mayor de Mantua; y, por supuesto, degusté las maravillas gastronómicas que nos ofrecía cada ciudad y cada pueblito que visitamos.

Pasta, risotto y frutti di mare, más rico imposible
Si me tengo que quedar con un viaje de todos los que hemos hecho ya a Italia, quizás no escogería este. Fue fantástico, pero creo que el del año pasado visitando Roma, Pompeya, Herculano, y la costa de Amalfi, es difícil de superar.

Admirando las vistas del Lago di Garda, y con el peque paseando por Venecia
Aun así, y como veis en las fotos, no me puedo quejar ni un ápice. 

Pizza, más pasta y verdure grigliate al pesto. Sí, nos cebamos a gusto.
Por cierto, de la gastronomía de Italia os hablaré en otro post, que dedicaré sólo a comentar los lugares que visitamos, los platos típicos y la cocina más tradicional. Además, os recomendaré un par de sitios a los que volvería una y otra vez. Y otros que no me gustaría tener que repetir…

Por eso hoy la receta que os traigo es típicamente italiana, y precisamente de la zona norte. Es un postre cuyo origen se encuentra en la región del Piemonte, y que cuenta con muchas variantes, todas ellas deliciosas. Se trata de la panna cotta (en castellano, “nata cocida”).


Como podéis ver en las fotos, la he acompañado de un coulis de frambuesa, muy sencillo de hacer, que queda delicioso y contrasta de maravilla con la suavidad de la panna cotta. En mi caso, opté por elaborar una receta de lo más tradicional, aromatizada con las semillas de una vaina de vainilla, sin aromas ni colorantes artificiales. Fue todo un acierto y en mi casa resultó ser un éxito. 

Panna cotta de vainilla con coulis de frambuesa
Ingredientes para 2 personas (2 panna cottas)
- 250 ml de nata para montar
- 50 gr de azúcar glass
- 5 gr de gelatina neutra (dos hojas de gelatina)
- Una vaina de vainilla

Ingredientes para el coulis de frambuesa
- 150 gr de frambuesas
- 50 gr de azúcar
- 50 gr de agua
- Unas gotas de zumo de limón

En primer lugar, ponemos a hidratar la gelatina en agua fría, durante aproximadamente 10 minutos. 

En un cazo, echamos la nata y el azúcar glass. Con ayuda de un cuchillo afilado y mucho cuidado, abrimos la vaina de vainilla y raspamos bien las semillas de su interior. Añadimos las semillas y la vaina al cazo y ponemos al fuego, a temperatura baja. Removemos con una cuchara de madera, siempre en el mismo sentido. 

Cuando la mezcla empiece a burbujear, y sin dejar que rompa a hervir, apartamos el cazo del fuego y añadimos la gelatina, bien escurrida. Mezclamos bien con movimientos firmes hasta que se haya disuelto.

Engrasamos unas flaneras o moldes de silicona, y echamos la nata en cada una de ellas. Las metemos en la nevera y refrigeramos toda la noche si es posible. Si no, durante un mínimo de 4 horas. 

Para hacer el coulis, echamos todos los ingredientes en un cazo y lo ponemos a calentar a fuego medio, alto. Con ayuda de una espátula o una cuchara de madera, vamos aplastando las frambuesas, que se irán licuando a medida que aumenta la temperatura. Dejamos que la mezcla burbujee durante un minuto, y retiramos del fuego. El resultado será una especie de mermelada ligera, no debe ser espesa. 

Una vez haya templado, sin llegar a enfriarse del todo, la pasaremos por un colador lo más fino posible, y conservamos el resultado en un recipiente bien tapado. Lo metemos en la nevera y dejamos que se enfríe por completo.

El emplatado es muy sencillo. En primer lugar, desmoldaremos nuestra panna cotta sobre un plato de postre. Para ello, tendremos que calentar un poco el recipiente, mojándolo con un poco de agua caliente. Yo caliento agua en un bol amplio e introduzco dentro la panna cotta durante 20 segundos. Si todavía no se desmolda con facilidad, vuelvo a introducirlo 20 segundos más, y así sucesivamente. 

Una vez en el plato, añadimos el coulis de frambuesa, y decoramos como más nos guste: acompañado de fruta fresca, azúcar glass, vainilla en polvo, etc.


Es un postre realmente sencillo, rico y con una presentación muy vistosa que no requiere demasiada complicación. Yo, además, lo decoré con unas frambuesas y unas hojas de hierbabuena, para dar un toque más sofisticado.

Así que ya sabéis, si tenéis invitados a cenar y queréis cerrar la comilona con un postre ligero, fresco y muy rico, esta es vuestra receta.


Próximamente, os hablaré en el blog de algunos platos típicos de la gastronomía italiana que pudimos degustar en nuestro viaje, restaurantes, y productos típicos de cada zona.

Pero antes, no puedo dejar pasar la ocasión para celebrar en el blog la fiesta que se avecina: el día de todos los Santos. Para los amantes de la cultura americana… ¡Halloween! Pronto el blog se llenará de telarañas… jejejeje!

¡Nos vemos pronto!

Lucía

Información nutricional de la panna cotta con coulis de frambuesa
Calorías totales: 1233
Calorías por ración (2 raciones): 616,5 kcal/ración

domingo, 5 de julio de 2015

La Inglaterra más mediterránea... con Jamie Oliver


Un mes más, aquí estoy con una nueva receta para el reto Cooking the Chef, que en esta ocasión da la bienvenida al verano con una propuesta muy especial.


Por supuesto, habrá gente más y menos contenta, pero por mi parte, Aisha y April han dado en el clavo al escoger un chef dinámico, joven, carismático, mediático, versátil y de sobra conocido por todos, como es el británico Jamie Oliver.


A la mayoría os sonará de verlo en Canal Cocina con alguno de sus programas, sobre todo esos en los que viaja con su autocaravana por Italia, España, Grecia, Estados Unidos… descubriéndonos la cocina y las tradiciones culinarias de estos países. Otros quizás lo reconozcáis por su polémica relación con la famosa cadena de comida rápida McDonalds, contra la que se querelló por el uso de hidróxido de amonio en el tratamiento de la carne de las hamburguesas y los nuggets. Un pleito que, por cierto, ganó obligando al gigante norteamericano a cambiar la receta. 

Pero Jamie Oliver es mucho, mucho más. Aparte de un cocinero, desde mi punto de vista, excepcional, con un estilo propio muy influenciado por la cultura mediterránea, y reconocido tanto dentro como fuera de su país, Jamie ha creado proyectos en el terreno social de lo más solidarios e innovadores.


Un ejemplo es su restaurante Fifteen (2002), que nace con la idea de escoger a quince chicos y chicas no profesionales de la hostelería para trabajar en el restaurante y aprender el oficio. De hecho, los beneficios que obtiene el local se invierten en la formación de estos estudiantes, que cambian cada año.

Y otro ejemplo, todavía más significativo, es su proyecto Food Revolution, basado en la idea de mejorar la comida de los niños en los comedores escolares y sus hábitos alimenticios, fundamentalmente en los Estados Unidos. 


Vamos, que no estamos hablando en absoluto de un chef cualquiera. Y para un cocinero único como es él, no podía dejar pasar la oportunidad de hacerle un homenaje a través de una de sus recetas, que pudiese representar el estilo de cocina que más lo caracteriza. Por eso, tuve claro desde el primer momento que escogería una receta de cocina italiana. 

Jamie, además de contar con un programa de televisión centrado en este tipo de gastronomía, cuenta nada menos que con un restaurante, Jamie’s Italian, especializado en cocina italiana. Y si lees sus libros, y ves sus programas, comprobarás que hay más platos de pasta y pan que de otros ingredientes. 

Después de buscar, y buscar… lo encontré. Tenía varias opciones y no sabía por cuál decidirme, pero mi hermana pronto intervino para dejarme clarito cuál sería la comida que degustaríamos: unos riquísimos canelones de ricotta y espinacas al horno, acompañados de una estupenda salsa de tomate casera y mozzarella gratinada. Malo, ¿eh?


Además, era perfecta porque justamente hace unas semanas conseguí comprar una tarrina de queso ricota italiano de importación que tenía una pintaza, y qué mejor idea que estrenarla con una receta a la altura. 

La original la he sacado de la web oficial de Jamie Oliver, y si queréis podéis consultarla pinchando aquí. De todas formas, podéis guiaros perfectamente por la mía ya que apenas he hecho modificaciones salvo por las cantidades (la receta de Jamie es para 6 personas, y la mía es para 3), y porque le añadí nueces picadas al relleno de espinacas, porque me parecía que combinarían bien (¡y no me equivoqué!).

Aquí os dejo la receta, sencilla y deliciosa. Sacad lápiz y papel y tomad nota, porque merece la pena.


Canelones de ricota y espinacas
Ingredientes para 3 personas (8 canelones)
- 300 gr de espinacas
- Una pizca de nuez moscada
- Un puñadito de nueces picadas (unas 10 nueces)
- ½ cebolla grande
- 1 diente de ajo
- Una lata de 400 gr d tomate entero pelado
- 1 hoja de laurel
- Un puñado de hojas de albahaca (o una cucharada de albahaca molida o en polvo)
- 1 cucharadita (1 tsp=5 ml) de ralladura de limón (mejor ecológico)
- 125 gr de queso ricota
- 1 huevo mediano batido
- 1 cucharadita de parmesano
- 75 gr de canelones (8 tubos, aproximadamente)
- 125 gr de mozzarella de búfala 
- Aceite de oliva virgen extra

En primer lugar, precalentamos el horno a 180º. Salteamos las espinacas a fuego medio-bajo con una cucharadita de aceite de oliva, añadimos la nuez moscada, las nueces, sal y pimienta. Retiramos y reservamos.

Calentamos un poco de aceite de oliva en otra sartén. Pochamos en ella la cebolla bien troceada, y después añadiremos el diente de ajo picado, los tomates, el laurel, la albahaca y la ralladura de limón y dejamos que se haga todo a fuego lento durante unos 20 minutos, hasta que haya espesado. Sazonamos con sal y pimienta. Retiramos del fuego y dejamos que enfríe.

En un cuenco, mezclamos las espinacas, el huevo batido, la ricotta y el parmesano. Rectificamos de sal y comprobamos que está bien de sabor. Añadimos esta mezcla a la pasta de los canelones, si es necesario con la ayuda de una manga pastelera. Vamos colocando los tubos en una fuente apta para el horno, y lo cubrimos todo con la salsa de tomate, un poco más de albahaca, y finalmente la mozzarella cortada en finas lonchas. 

Horneamos entre 30 y 40 minutos, con calor arriba y abajo. Cuando comprobemos que está en su punto, dejaremos otros 5 minutos de grill para que el queso se gratine. Servimos caliente.


Una receta simplemente espectacular de la que apenas dejamos las sobras en casa. La repetiré seguro, a petición popular, y ya puestos puede que experimente un poco con otros rellenos, hay tantas posibilidades…

Os animo a que la probéis y me informéis del resultado y vuestras impresiones. ¿O ya la habíais probado alguna vez? ¿También sois fan de Jamie Oliver? ¿Os gustaría que subiera alguna otra receta suya? ¡Espero vuestras respuestas en los comentarios!


Ahora os dejo, estoy que me caigo de sueño y tengo que terminar de preparar mi exposición del Trabajo de Fin de Máster, que en dos días tendré que defender ante el tribunal de corrección. Ya os contaré cómo fue… ¡deseadme suerte!

Un besiño enorme!

Información nutricional de los canelones de ricotta y espinacas
Calorías totales: 1158 kcal
Calorías por ración (3 raciones): 386 kcal/ración

martes, 5 de mayo de 2015

Renovando la "Nouvelle Cuisine": ensalada niçoise o ensalada nizarda


A pesar de estar ya en la primera semana de mayo, aquí en Galicia la lluvia no nos deja un respiro… menudos días llevamos… pasados por agua es decir poco.

Así que, de nuevo, me resulta imposible seguir mi rutina de levantarme temprano para salir a correr, por lo que toca cuidarse. ¿Y qué mejor que una ensalada fresca para depurar nuestro cuerpo?


Pero esta ensalada tiene algo más… y es que con ella participo en el reto de este mes de Cooking the Chef, que en esta ocasión han dedicado a un cocinero estrella, un referente en la historia de la cocina contemporánea. 


Se trata, nada más y nada menos, de uno de los padres de la Nouvelle Cuisine, el chef francés Paul Bocuse.


Estoy segura de que muchos ya sabréis de qué va este asunto de la Nouvelle Cuisine. Se trató de un movimiento culinario que en los años 80 buscaba renovar el mundo de la cocina a través de nuevas formas de entender los platos y sus elaboraciones, aligerándolos y prestando una especial atención a su presentación. 

Sus orígenes los podemos encontrar ya a principios de la década de los 70 en París, si bien fue en los años 80 cuando se extendió al resto de países. Además de Paul Bocuse, hubo otros chefs que abanderaron este nuevo movimiento, alumnos todos ellos del cocinero Fernand Point, considerado padre de la cocina moderna. Los hermanos Jean y Pierre Troisgros, Bocuse y Michel Guérard pronto mostraron sus creaciones al resto del mundo siguiendo los principios de esa Nouvelle Cuisine que acababan de inaugurar, para la cual se llegó a establecer un decálogo completo de normas, en 1973. Estas eran:
  1. No cocerás demasiado
  2. Utilizarás productos frescos y de calidad
  3. Aligerarás tu carta
  4. Te iniciarás en las nuevas técnicas
  5. Quitarás adobos y fermentaciones
  6. No utilizarás el roux y las harinas en las salsas
  7. La mousse se vuelve fría, caliente o helada
  8. Las cocinas regionales serán revisadas
  9. Preservarás el sabor de los productos
  10. Te abrirás a las cocinas exteriores


Os habréis percatado de que no existen grandes diferencias entre este tipo de cocina y la actual, que bebe directamente de este cambio de tendencia culinaria. Y es que sobre la Nouvelle Cuisine se asientan las bases de la cocina contemporánea, esa que nos lleva a pensar en platos más bien minimalistas, ligeros, poco sobrecargados, que buscan el equilibrio de sabores, texturas y aromas.


A mí personalmente me ha encantado el reto de este mes por varias razones. La primera es que no conocía a Paul Bocuse. Sí, reconozco mi infinita ignorancia a este respecto. Había oído hablar en muchas ocasiones de la Nouvelle Cuisine y tenía una ligera idea de en qué consistía, pero nada que ver con lo que he aprendido a raíz de este nuevo reto. Y es que para eso sirve Cooking the Chef, ¿no?

La segunda razón por la que este reto me ha gustado mucho es que estoy casi al 100% de acuerdo con el decálogo de la Nouvelle Cuisine. Soy firme partidaria de aligerar los platos y hacerlos más sanos, tanto en mi día a día como en ocasiones especiales. Eso explica por qué nunca, nunca, soy capaz de seguir una receta exactamente al pie de la letra. 


Además, me encanta que se preste atención al emplatado, lo considero un elemento muy importante a la hora de presentar un plato, sea cual sea, ya que la vista, como un sentido más, juega un papel esencial cuando nos disponemos a comer. Ya no hablo de liarnos a usar aros, moldes, pipetas, y esas cosas (que también, más que nada porque mola mucho, jeje), sino de ser cuidadosos y prestar un poco de atención a nuestros platos para que parezcan todavía más apetitosos.


Y para que veáis que me ajusto, no sólo a las normas del reto por haber escogido una receta del chef, sino también al decálogo de la Nouvelle Cuisine, aquí os traigo un plato ligero, sencillo, rico de sabor y (creo) bien presentado.

Se trata de una ensalada nizarda o ensalada niçoise, típicamente francesa, concretamente de la región de Niza como ya nos indica su nombre. En esta ocasión, puedo decir que he seguido al 95% la receta tal cual especificaba el chef Bocuse en su libro “La Cocina del Mercado” (pág. 13). Os preguntaréis a qué corresponde ese 5% restante… bueno, que para el aliño en lugar de usar aceite, vinagre, sal y pimienta como se indicaba en la receta, he empleado crema de vinagre balsámico, pero por gusto personal, básicamente. El resto, clavadito a la original.


Ya os digo a los más gourmets y empollones culinarios que esta ensalada nizarda es la versión de Paul Bocuse, lo que significa que no tiene por qué ajustarse con exactitud a la ensalada nizarda que podemos encontrarnos en otras recetas de internet o en algún restaurante. 

Quiero dejarlo claro porque cuando me puse a investigar acerca de esta ensalada, he leído, por ejemplo, que tradicionalmente no lleva patata, mientras que la de Bocuse sí la incluye; que lleva algún encurtido como alcaparras o anchoas, y la de Bocuse no; que se le añade huevo; etc. 


Como una imagen vale más que mil palabras, creo que ya habréis intuido lo que lleva la receta de Bocuse, que es más sencilla: patatas, judías, tomates y cogollos de lechuga. Un poco de cebolla para decorar, y ¡listo! Rica, sana y fácil, ¿qué más se puede pedir? 

Venga, sacad papel y boli y tomad nota.

Ensalada niçoise o ensalada nizarda – Versión de Paul Bocuse
Ingredientes para 2 raciones
- 2 patatas medianas
- 2 tomates (yo usé tomates pera)
- 100 gr de judías verdes
- 1 cogollo de lechuga
- Perejil picado (si es fresco, mejor, yo no tenía y añadí seco)
- Un cuarto de cebolla (en mi caso, cebolla roja), para decorar
- Aceite de oliva virgen extra
- Crema de vinagre balsámico (o vinagre al gusto)
- Sal
- Pimienta

En primer lugar, ponemos abundante agua a hervir en una olla. Mientras, lavamos y pelamos las patatas. Cuando el agua rompa a hervir, añadimos las patatas enteras, y añadimos una pizca de sal. 

Limpiamos y cortamos en trozos medianos las judías. Limpiamos también los tomates y los cortamos en pequeñas porciones. 

Cortamos la cebolla en cubos pequeños, y el perejil muy fino si es fresco. Deshojamos el cogollo de lechuga y lo lavamos muy bien. Cortamos las hojas en pequeños trozos. 

Cuando estén listas las patatas, las retiramos de la olla para que enfríen y cambiamos el agua. La ponemos de nuevo en el fuego y cuando rompa a hervir añadimos las judías, que escaldaremos durante unos 3 minutos. Mientras, preparamos un recipiente con hielo o agua helada y cuando hayan transcurrido los 3 minutos retiramos las judías con ayuda de una espumadera y las pasamos al frío para cortar la cocción. Así conservarán un tono verde muy vivo y quedarán con una textura al dente. 

Cuando las patatas hayan enfriado lo suficiente, las cortamos en rodajas finas. En un bol amplio, mezclamos la patata, las judías, el tomate y el cogollo de lechuga cortado en porciones, junto con el aliño (cantidades al gusto). Lo metemos a la nevera y dejamos que enfríe durante más o menos 1 hora. 

A la hora de servirla, la acompañaremos de la cebolla que habíamos picado, y espolvorearemos un poco de perejil por encima.


Como veis, fácil y rico. Bueno, y encima sano. Lo cierto es que no esperaba que me gustase tanto, por lo que la repetiré pronto seguro.

Ahora os tengo que dejar, estos días estoy muy apurada terminando las prácticas y me gustaría terminar bien esta experiencia (aunque me da muuuuucha pena, por mí hubiese seguido otros dos o tres meses más, y tan feliz).

Ah, y si queréis ver lo que han cocinado mis compañeros, sólo tenéis que hacer click aquí.

¡Nos vemos pronto!

Un besiño!

Información nutricional de la Ensalada nizarda o niçoise
Calorías totales: 416 kcal
Calorías por ración (2 raciones): 208 kcal/ración

viernes, 27 de marzo de 2015

¿Hambre de pan? Viajamos a la provenza con estas "mini fougasse"


Bueno, hoy vengo con una entrada un poco exprés, ya que en exactamente dos minutos tengo que salir a trabajar y necesito como sea llegar a tiempo a este nuevo reto de Bake the World. Estaba bastante impaciente porque, como sabéis, el mes pasado no hubo ninguna entrada dedicada al pan, como suele ser habitual, pero esta vez Clara y Virginia de nuevo se han puesto manos a la obra para proponernos un nuevo reto este mes de marzo, en el que por supuesto tenía que participar.


Así que aquí estoy un mes más con la propuesta de turno, que en este caso me ha hecho viajar en dos direcciones distintas.


Me refiero a Francia, por un lado, de donde proviene esta maravillosa Fougasse, un pan cuyo origen se encuentra en la región de la Provenza y que podemos encontrar igualmente en el resto del país galo, con múltiples variaciones.


Y por otro lado, a Italia y en general todo el mediterráneo, de dónde he decidido coger la inspiración para combinar los sabores que he integrado en esta nueva receta. En este caso, el orégano, el parmesano, la albahaca y un toque de ajo han conseguido un pan muy pero que muy sabroso y que puede tomarse tanto sólo como acompañado de aceite, paté o un buen queso.


La fougasse, además, entronca con la tradición panadera tanto de Italia como de España, pues es una pieza muy similar a la focaccia y a nuestra hogaza tradicional. Como dato curioso, decir que este pan se solía preparar como una prueba para controlar la temperatura del horno, que se medía en función del tiempo que tardaba en cocerse la masa, y así después hacer otro tipo de panes. 


El caso es que en algún momento a alguien se le debió de ocurrir probarlo (es lo que tiene el pan, que a no ser que lo hayamos calcinado o estropeado por error -pecado mortal- siempre apetece tomar un trozo), y quedaría encantado con el resultado, si no no se seguiría haciendo, digo yo. 


A mí siempre me había llamado la atención por su característica forma, pero nunca me había atrevido a hacerlo en casa, porque tenía la idea en mi cabeza (no sé por qué), de que sería un pan muy duro, tipo crostini. Pero en absoluto, no tiene nada que ver. Aunque tenga una apariencia de pan plano, la corteza es de una dureza media y la miga es muy esponjosa, así que nos puede valer tanto para acompañar una comida como para tomarla como base de una buena tosta de jamón, aceite, o lo que se nos ocurra. O, por supuesto, para tomarla sola, porque de verdad que está muy rica.


En este último caso, yo recomiendo jugar con los sabores y probar a añadirle diferentes ingredientes o especias. Tenéis multitud de recetas en la web para inspiraros, desde algunas más sencillas con romero y aceite de oliva, u orégano como hice yo, hasta otras más complicadas (aunque con una pinta estupendísima) con salmón, anchoas, tomate, e incluso rellenas de verduras (esta la tengo que probar en un futuro próximo...). 


Ya veis que no es muy complicado variar los sabores. Yo he decidido traeros tanto la propuesta original como una más personal que he llamado fougasse mediterránea, por los sabores que os comenté al principio de la entrada, y que a mí me transportan automáticamente a la toscana italiana. 

Decir también que la receta básica la he sacado del libro Pan con webos fritos, de Susana Pérez y Jesús Cerezo (página 44, sección "Masa básica"), y no tengo queja alguna. Me encanta este libro, que me dejaron los Reyes Magos este año en mi casa, y ha sido una grata sorpresa en cuanto a las ideas que trae, sus recetas, explicaciones (clarísimas y sencillas), y fotografías (te entra hambre sólo de mirarlas). Yo os lo recomiendo al 100%, sobre todo si estáis empezando en esto del mundillo panarra y queréis aprender de cero. Su os ayudará con todo, como siempre hace en sus recetas que podéis consultar en la web Webos Fritos, que seguramente todos conoceréis ya. Si no, ¡¿a qué estáis esperando para visitarla?! Para mí, es una referencia obligada en la blogosfera culinaria. Sus recetas, os lo aseguro, nunca fallan. Y en este caso no ha sido menos. Gracias Su!


Sin más, os dejo con la receta. Veréis que es muy pero que muy sencilla y que requiere poco tiempo para prepararla. ¿Qué más se puede pedir?

Fougasse
Ingredientes para 4 mini fougasse
- 300 gr de harina
- 185 gr de agua a temperatura ambiente
- 6 gr de levadura fresca
- 6 gr de sal

Para las fougasse mediterráneas:
- 2 cucharaditas de orégano
- 1 cucharadita de albahaca
- 1/2 cucharadita de ajo en polvo
- 1 cucharadita de queso parmesano en polvo
- Unas gotas de aceite de oliva virgen extra

En un cuenco, echamos la harina y desmenuzamos encima la levadura fresca. Añadimos la sal y el agua, y mezclamos bien con ayuda de una rasqueta o bien con las manos. Yo recomiendo usar una rasqueta porque es una masa muy húmeda. Una vez se integren bien los ingredientes, volcamos la masa sobre una encimera enharinada y seguimos amasando hasta formar una bola. Podemos añadir algo de harina pero no más de una cucharada, si no después os quedará un pan demasiado duro. 

Si queremos hacer la masa de varios sabores, como yo he hecho, en este momento la dividiremos en las porciones que queramos. Yo dividí la masa a la mitad, y en uno de los pedazos añadí el orégano, la albahaca, el ajo, el parmesano y el aceite. Volvemos a amasar todo muy bien para que se integren bien todos los ingredientes de forma homogénea.

Estiramos la masa con ayuda de un rodillo formando un rectángulo con cada porción (no tiene por qué ser un rectángulo exacto, más o menos), y dejamos que repose durante una hora aproximadamente.

Pasado ese tiempo, precalentamos nuestro horno a 250º con calor arriba y abajo. Cogemos cada lámina de masa, y las dividimos en dos rectángulos, cortándolas en sentido transversal. Pasamos cada porción de masa a una bandeja con papel de hornear, dejando un espacio entre cada pieza, y realizamos en el interior un corte a lo largo, y varios cortes laterales tal y como veis en las imágenes. Los abrimos bien con los dedos ya que durante el horneado crecerán un poco y tenderán a cerrarse. Podemos añadir algún ingrediente más sobre los panes, como hice yo con una de las piezas a la que le añadí tomate cherry en tiras.

Metemos la bandeja en el horno, a media altura, y echamos un vaso con agua en la parte inferior del horno para que se cree vapor y así conseguir una corteza más crujiente. Bajamos la temperatura a 230º y horneamos de 12 a 15 minutos, hasta que las piezas se doren. Cuando estén listas, apagamos el horno y las dejamos enfriar sobre una rejilla.



Como podéis comprobar, es un pan muy sencillo, perfecto para los que os estéis iniciando en esto de las masas y encima no requiere demasiado tiempo de espera. Al fin y al cabo, sólo tiene un tiempo de leudado y un horneado corto. Así que si empezáis por la mañana, podréis tener a la hora de comer una buena pieza de pan recién hecho para degustar. ¿Puede haber algo mejor? Yo no lo creo :)

Además permite muchísimas variaciones. Yo he tirado por sabores mediterráneos porque me gustan mucho pero podríamos rellenarlo con ingredientes mucho más potentes: desde bacon, hasta atún, aceitunas, jamón, queso curado, etc. Os animo a que saquéis partido a vuestra imaginación y probéis distintas variedades. ¡Incluso he visto varias recetas en la que se puede hacer dulce! En este caso, no está de más añadir algo de mantequilla a la masa y un huevo, pero eso ya depende mucho de la receta que sigáis. 

Vamos, que lo disfrutéis porque realmente es un pan que merece la pena probar (a hacerlo y a comerlo, por supuesto, jeje).

Os dejo, ahora sí, que tengo mucho mucho trabajo y muy poco tiempo para hacerlo. Espero que paséis un fin de semana genial y por mi parte volveré muy pronto con una nueva receta y muchas, muchas cosas que contaros (os dejo con la intriga...). 

Un besiño enorme!

Información nutricional de la Fougasse
Calorías totales: 1100 kcal
Calorías por ración (4 raciones/mini fougasse): 275 kcal/fougasse